El rostro de Ximena, quien había estado conteniendo su frustración todo este tiempo, finalmente se iluminó al ver llegar a Faustino en su apoyo.
Inmediatamente corrió emocionada hacia él, se lanzó a sus brazos y con lágrimas en los ojos dijo:
—Faustino, por fin llegaste.
Faustino acarició su cabello y la consoló con ternura:
—Tranquila, conmigo aquí, estos payasos no son problema.
Antonio miró a Faustino de arriba a abajo y resopló con desdén:
—¿Y tú quién te crees que eres? ¿De dónde saliste?
—