— ¿Cuándo se cerró el pasaje? ¡No podemos regresar! —exclamó Mariana, al darse cuenta de que ni ella ni Faustino se habían dado cuenta del cierre.
El altar sagrado detrás de ellos se abría cada vez más, revelando un enorme agujero negro e insondable. Se oían ruidos como si algo duro rozara el suelo, y el hedor nauseabundo era insoportable, casi haciéndolos perder el equilibrio.
—Faustino, ¿qué hay ahí dentro…? —preguntó Mariana, con voz temblorosa, presa del pánico, agarrando a Faustino.
—Es la