El reloj de pared en la habitación de Audrey marcaba las ocho de la noche, y cada tic-tac parecía resonar con la advertencia que Tatiana le había lanzado horas antes. Audrey se miró en el espejo, alisando su sencilla blusa, debatiéndose internamente. La idea de bajar a cenar y enfrentar nuevamente la mirada depredadora de la pelirroja le revolvía el estómago. Podía imaginar perfectamente los comentarios mordaces disfrazados de elegancia y esa risa cargada de superioridad. Sin embargo, si se que