El sol del mediodía caía con plomo sobre los jardines de la mansión, pero dentro de los muros de piedra y mármol, el aire conservaba una frialdad artificial. Alessandro se había marchado antes del amanecer, huyendo quizá de la atmósfera viciada que su invitada había instalado en el ala este. Audrey, por su parte, había convertido su habitación en un búnker de productividad; entre hojas de cálculo y correos electrónicos, encontraba el único refugio donde las preguntas sin respuesta y los celos i