El sol de la mañana golpeaba la arena blanca con una intensidad que hacía brillar los cristales de sal esparcidos por la orilla. El sonido del océano era un rugido rítmico, constante y engañosamente pacífico. Matthew y Emma, ajenos a las tensiones que fracturaban el mundo de los adultos, se encontraban de rodillas, concentrados en la arquitectura efímera de un castillo de arena.
Audrey los observaba desde una hamaca a pocos metros. Había pasado la noche en un estado de duermevela, con el sabor