El silencio en el salón era denso, interrumpido únicamente por el crepitar lejano de la chimenea que no lograba calentar la atmósfera. Alessandro estaba de pie junto al ventanal, de espaldas a ella, con las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón de sastre. Parecía estar librando una batalla interna, una lucha por mantener los muros que Audrey acababa de perforar con sus preguntas sobre la fotografía.
—Mi abuelo no solo era un hombre de negocios —comenzó él, con una voz tan baja que ella