Tres golpes suaves pero claros resonaron en la puerta de la suite e interrumpieron el tenso silencio. Por un instante, nadie se movió. Fue como si todos hubieran contenido la respiración.
Lydia, de pie junto a la mesa, se volvió hacia la puerta. Apretaba el frasco del medicamento de Naomi con tanta fuerza que le hormigueaban las manos. Vincent ya se había adelantado, con el cuerpo alerta y la mirada afilada. Cale, mientras tanto, permanecía callado y erguido junto al sofá donde dormía Naomi; su