El auto avanzaba por las calles, cada vez más silenciosas a medida que caía la noche. Las luces de la ciudad pasaban frente a las ventanillas, pero Naomi no se fijaba en ellas. Encogida en el asiento trasero, se abrazaba a sí misma, todavía temblando. Cada tanto, el aire se le atoraba en la garganta y se quebraba en sollozos. Vincent, sentado adelante, la miró varias veces por el espejo retrovisor para asegurarse de que no perdiera el control.
—Señorita —dijo al fin en voz muy baja, como si temi