El dolor ya no importaba. Solo tenía una cosa en la cabeza. Salir. Ser libre.
Por fin llegó a la puerta. Buscó la manija con la mano temblándole. Tiró con toda la fuerza que le quedaba.
La puerta se abrió.
No había ningún guardia bloqueándoles el paso.
Ninguno.
Más allá, el corredor estaba vacío.
Harold se detuvo. Algo estaba mal. Por lo general, vigilaban cada rincón. Controlaban cada movimiento. Pero ahora... Nadie.
Una sospecha le cruzó por la mente, pero el ansia de libertad pudo más. Salió.