La tensión en la habitación del hospital cambió en cuanto la puerta se abrió de par en par.
—¡Mamá!
Grace fue la primera en llegar y corrió hacia la cama. Tenía los ojos enrojecidos y las lágrimas todavía le corrían por las mejillas cuando vio a Althea recostada contra las almohadas, con una vía intravenosa en la mano.
Althea le abrió los brazos.
Grace se lanzó a sus brazos con demasiada fuerza para su cuerpecito.
—Mamá, no te vuelvas a desmayar… Tuve mucho miedo. La tía Felicia nos dijo que nos