Harold se detuvo. Se puso serio. En segundos, entendió que la salida ya estaba bloqueada.
—Muévanse —ordenó con dureza.
Nadie se movió.
Intentó abrirse paso a empujones, pero uno de los hombres lo sujetó por el hombro. Harold reaccionó al instante. Lo empujó e intentó zafarse. Se desató un breve forcejeo en el angosto pasillo.
Pero ellos lo habían previsto todo.
Dos hombres le sujetaron los brazos por la espalda. El teléfono se le resbaló de la mano y cayó al piso. Harold forcejeó y se retorció,