Y llegaron sin un minuto de retraso. Por suerte, el vuelo transcurrió sin contratiempos.
Cuando el avión por fin aterrizó en Berlín, Lydia suspiró aliviada en cuanto puso un pie fuera del aeropuerto. El aire berlinés le rozó la piel, fresco y limpio, muy distinto de la calidez de Solaviz.
Todavía se sentía algo cansada. Pero también percibía algo nuevo.
—En serio lo logramos —murmuró Lydia.
Cale estaba a su lado, con una mano en el bolsillo. Recorrió los alrededores con la mirada antes de volver