El aeropuerto de Berlín seguía abarrotado cuando la mujer por fin logró reunir todas sus pertenencias. Todavía no recuperaba el aliento y le temblaban un poco las manos. Entonces recibió de Lydia la última carpeta.
—Gracias... de verdad se lo agradezco mucho —dijo en voz baja, esta vez en un inglés más claro.
Lydia le sonrió levemente.
—No se preocupe, señorita. Solo tenga más cuidado la próxima vez.
La mujer asintió y se alejó a toda prisa sin mirar atrás. La multitud se la tragó casi de inmedi