Lydia gimió. Le dolía todo el cuerpo y, sin embargo, por extraño que pareciera, se sentía… revitalizada. Al abrir los ojos poco a poco, se dio cuenta de que alguien le masajeaba las muñecas con delicadeza.
—¿Ya despertaste?
Una sonrisa le asomó a los labios. A su lado, Cale, sentado con expresión concentrada, movía las manos con cuidado y trazaba círculos que le aliviaban el dolor.
—¿Desde cuándo estás despierto?
—Tal vez hace una hora —respondió Cale con despreocupación—. Ya te puse pomada en l