—Puede... puede que haya visto mal.
Cale frunció levemente el ceño.
—Entonces no te preocupes.
Lydia asintió, obediente, pero los dedos se le quedaron quietos sobre la cuchara que sostenía. En realidad, ya no lo escuchaba.
Tenía los pensamientos atrapados, anclados a una figura en un extremo del salón a la que intentaba no prestarle atención.
El restaurante entero vibraba con una actividad elegante y discreta. Los candelabros de cristal repartían su luz por el salón, que se fundía con el parpade