Varias horas antes, cuando llevaron a Althea de urgencia al hospital, afuera ya se había puesto todo en marcha, rápido y sin pausa. Los perseguidos no tenían tiempo ni para recuperar el aliento.
A los cazadores les bastaba con el caos que habían sembrado.
La vida tranquila a la que las familias Miller y Callister se aferraban ahora pendía de un hilo, convertida en entretenimiento para quienes habían sembrado el caos con tanto cuidado que casi no dejaba rastro.
En una casa grande a las afueras de