Las luces blancas del techo ardían con un brillo doloroso.
Daven estaba sentado en una silla metálica, muy erguido, con las manos cruzadas sobre la mesa. La sala era estéril, cargada de un silencio inquietante. Frente a él, dos fiscales seguían de pie, uno junto al otro, sin prisa por abrir las carpetas que sostenían. Era como si el tiempo se hubiera vuelto más lento a propósito para poner a prueba su paciencia.
No había mucho en la sala. Lo más llamativo era la ventana a su derecha. Desde donde