Daven se quedó mirando todo un largo rato. Se conmovió, no por la situación, sino por el cuidado silencioso que se notaba en cada detalle.
—No tendrías por qué hacer todo esto —dijo en voz baja.
Althea alzó la mirada.
—Soy tu esposa. ¿Qué tiene de malo que lo haga? ¿Te molesta? —Sus palabras eran sencillas, pero firmes.
—Para nada. —Daven respiró hondo—. Me da tristeza que tengas que pasar por esto.
Althea se sentó en el sofá y dio unas palmaditas en el espacio libre a su lado.
—Siéntate.
Daven