—¿Entonces… voy a pasar toda mi vida en una silla de ruedas?
Lydia apenas habló por encima de un susurro, ronca, temblorosa, pero bastó para hacerle pedazos el corazón a Althea. Estaba sentada junto a la cama, paralizada, sin saber si su propia voz aguantaría firme si llegaba a hablar.
La habitación estaba en silencio, y solo el aire hacía que las cortinas blancas se movieran apenas, como un aliento contenido. Sobre la mesita junto a la cama había un florero con flores marchitas que se inclinaba