—¿Tienes miedo?
—No —tragó saliva con dificultad, pero no apartó la mirada—. Lo que más me duele es que me ignores. Como si no existiera.
Daven apenas sonaba como un susurro.
—Qué mujer tan terca eres. Debiste darte cuenta de eso el día que nos casamos.
Él se acercó todavía más. Esta vez, sus dedos rozaron la mejilla de ella; era una piel suave y fresca que emanaba calor ante su contacto. No sabía si era por los nervios o por el aire acondicionado de la habitación.
Se le quedó viendo fijamente mientras su pulgar trazaba círculos distraídos sobre su piel, como si algo dentro de él estuviera peleando contra la razón. Exhaló despacio. ¿Era frustración? ¿O algo más que se empezaba a desmoronar en su interior?
—Deja de mirarme así —murmuró él.
—¿Cómo? —susurró ella.
Podía sentirlo: él era quien estaba a punto de retroceder. Y darse cuenta de eso la impulsó a hacer algo atrevido, tal vez imprudente. Con la mano temblorosa, buscó el pecho de Daven y recorrió con suavidad sus músculos.
—Esta