—¿Tienes miedo?
—No —tragó saliva con dificultad, pero no apartó la mirada—. Lo que más me duele es que me ignores. Como si no existiera.
Daven apenas sonaba como un susurro.
—Qué mujer tan terca eres. Debiste darte cuenta de eso el día que nos casamos.
Él se acercó todavía más. Esta vez, sus dedos rozaron la mejilla de ella; era una piel suave y fresca que emanaba calor ante su contacto. No sabía si era por los nervios o por el aire acondicionado de la habitación.
Se le quedó viendo fijamente