Decir que no estaba nerviosa sería mentira.
Solo se había levantado por un vaso de agua, pero terminó preparándole algo ligero de cenar porque Daven se veía agotado y hambriento. Y ahora... ahora estaba ahí.
En la recámara de Daven.
Un lugar en el que nunca antes había puesto un pie.
“Ay Dios, ¿por qué estoy tan nerviosa?”, se dijo a sí misma. No importaba cuánto intentara restarle importancia; esta era la noche. La noche que tanto había esperado. El momento en que por fin estaría con Daven, no solo como la mujer que vivía en su casa, sino como su esposa.
Una noche que les correspondía desde hace un año.
—No vayas a hacer ninguna tontería, Althea —se susurró—. Solo síguele el paso. Tú puedes con esto. —Apretó la tela de su pijama con fuerza—. Piensa en todas esas novelas que has leído. Lo tienes bajo control.
Cuando entró por primera vez a la habitación de Daven, la recibió una luz tenue y un espacio minimalista y silencioso. Los tonos grises y blancos cubrían cada superficie; todo est