Daven tardó un momento en procesar las palabras de su asistente. Sus penetrantes ojos azules se mantuvieron fijos en Arven, quien desvió la mirada, incómodo.
—Si esto le incomoda, puedo…
—No —lo interrumpió Daven—. Es solo que… no me lo esperaba. —Enarcó una ceja—. ¿James? —Bajó la voz, con un filo de acero—. ¿Cree que tengo tiempo para el amante de mi esposa? Ese hombre no tiene vergüenza.
—Puedo rechazarlo, si lo prefiere —ofreció Arven con cautela.
Daven guardó silencio un instante antes de r