—Señor Daven —llamó Arven en voz baja, tratando de no perturbar la calma que Daven había construido con tanto esmero para su mañana. Estaba sentado solo en una esquina de un café elegante de estilo industrial, a pocos pasos de la escuela de Josh. Una taza de porcelana con café negro reposaba frente a él, todavía humeante. El aroma intenso de los granos de robusta flotaba en el aire, pero como siempre, la expresión de Daven era indescifrable.
Arven se acercó y le entregó una tableta de trabajo.
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