—Me temo que no puedo compartirle la agenda del señor Daven, señora Vanessa —dijo Arven, con cansancio en la voz.
El teléfono no había dejado de sonar en todo el día. De hecho, lo había puesto en silencio solo para escapar del zumbido constante: Vanessa había estado llamando sin parar. No era raro que llamara o le inundara la bandeja de entrada con mensajes.
Pero esta vez era excesivo. Y perturbador.
Arven miró de reojo a Daven, esperando alguna indicación, pero el hombre estaba demasiado absor