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El camino del bosque que ya no es secreto

«Esa furgoneta dio la vuelta… y tomó el sendero del bosque por el oeste».

Las palabras de Javier por la radio cayeron en la cabina del coche como una piedra.

Alejandro apretó de inmediato las manos sobre el volante.

«¿Estás seguro?», preguntó.

«Seguro, señor. No tomaron la puerta principal. Giraron hacia el oeste hace veinte segundos».

Maldición.

Esa palabra no salió de los labios de Isabella.

No hizo falta.

Todo el cuerpo de Alejandro ya lo decía.

Las luces del tablero reflejaban la tensión marcada en su mandíbula. Sus ojos estaban fijos y atentos al estrecho camino que tenían delante.

«¿A qué distancia están?», volvió a preguntar.

«Si van a toda velocidad, siete minutos. Quizás menos».

Alejandro apagó las luces delanteras.

La cabina quedó sumida de inmediato en una penumbra azulada.

Sofía dio un pequeño respingo.

«¿Mamá?».

Isabella tomó enseguida a su hija entre sus brazos.

«Estoy aquí».

Lucas miró hacia atrás y luego al frente de nuevo.

«Nos persiguen».

No fue una pregunta.

Una afirmación tranquila, con una madurez excesiva para su edad.

Alejandro no mintió.

«Sí».

Sofía abrazó con tanta fuerza al señor Bigotes que el muñeco casi se desinfla.

«¿Por qué la gente mala no se va a dormir de noche?».

«Porque la gente mala no tiene modales», murmuró Lucas.

En otra situación, Isabella habría soltado una risa.

Aquella noche, solo tomó los hombros de sus dos hijos y los atrajo hacia sí con fuerza.

«¿Cuál es el plan?», preguntó a Alejandro.

«Dos kilómetros más adelante hay un cruce».

«¿Hacia la casa de los Sierra?».

«No». Sin apartar la vista del camino. «Hacia la vieja caseta del guardabosques. Es un lugar que no aparece en los mapas del fideicomiso».

Isabella lo miró con sorpresa y desconfianza.

«¿Tienes otro refugio?».

«Uno».

«¿Y por qué no me habías hablado de él antes?».

«Porque esperaba no tener que volver nunca».

El tono de su voz la hizo callar durante dos segundos.

Solo dos.

Luego la radio volvió a crepitar.

«Señor», dijo la voz de Javier con rapidez,

«Ricardo sigue en la puerta principal.

Todavía no se da cuenta de que el coche señuelo está vacío. Pero uno de los hombres de la furgoneta blanca lleva una bolsa alargada».

«¿Qué quieres decir con una bolsa alargada?».

«Es casi como si fuera…».

«No digas que es un rifle delante de los niños», interrumpió Isabella con frialdad.

Se hizo un silencio breve.

Luego Javier respondió con más prudencia. «Una bolsa alargada, señora. De esas que no presagian nada bueno».

Lucas entrecerró los ojos.

«Sigue sonando como un rifle».

Alejandro respiró hondo con calma.

«Lucas».

«Ya lo sé. Los adultos intentan ser discretos». El niño se recostó en el asiento. «De todos modos, esto no me gusta nada».

«A mí tampoco», respondió Alejandro.

Sofía lo miró fijamente.

«¿Tú también tienes miedo?».

Los ojos de Alejandro bajaron un instante hacia el retrovisor central, hacia el rostro asustado de su hija.

«Sí».

Sofía pareció reflexionar.

Luego habló con seriedad y con ternura: «Está bien. Entonces tendremos miedo juntos».

Los dedos de Alejandro se cerraron con fuerza sobre el volante.

Solo un instante.

Pero Isabella lo vio.

Maldición.

Detestaba esos pequeños momentos.

Los detestaba precisamente porque eran los que hacían que aquel hombre fuera casi imposible de odiar por completo.

El camino del bosque se volvía cada vez más estrecho.

Los pinos cerraban el paso del cielo. La luz de la luna casi no lograba llegar hasta el suelo.

Las ruedas del todoterreno rodaban sobre grava y barro, y luego chocaban contra las raíces de los árboles que asomaban en la superficie.

Sofía frunció el ceño por el golpe.

Lucas sostuvo a su hermana con una mano sin que nadie se lo pidiera.

«Agárrate aquí», le dijo.

«Ya estoy agarrada al señor Bigotes».

«Sí, pero también al asiento».

«Puedo hacer las dos cosas».

«Claro que puedes».

Alejandro giró bruscamente hacia la derecha.

Isabella supo de inmediato que no era el camino principal. La senda era más salvaje. Más antigua.

Las ramas bajas rozaban los costados del vehículo.

«¿Qué camino es este?», preguntó.

«El viejo sendero de los cazadores».

«Suena encantador».

«No lo es».

La radio volvió a sonar.

«Señor, hemos perdido de vista la furgoneta hace doce segundos. Es posible que ya hayan llegado al cruce».

«Déjalos», ordenó Alejandro. «No los atraigas hacia este camino».

«El equipo de la colina está todavía a cuatro minutos de distancia».

«Cuatro minutos son demasiado tiempo».

Apagó la radio.

Luego habló en voz más baja, dirigiéndose sobre todo a los asientos traseros.

«Escuchadme bien. Llegaremos a una pequeña caseta. En cuanto bajemos, tomad de la mano a mamá o a Marta. Nadie correrá. Nadie hablará en voz alta. ¿Entendido?».

Lucas asintió de inmediato.

Sofía también, aunque sus labios empezaron a temblar.

«¿Mamá bajará con nosotros?».

«Sí», respondió Isabella con rapidez.

«¿Y papá también?».

Las palabras salieron de los labios de Sofía sin pensarlo.

Con suavidad.

Con naturalidad.

Lucas miró de reojo a su hermana, pero no la corrigió.

Alejandro mantuvo la vista fija en el camino.

«Sí», dijo. «Yo también bajaré».

Sofía pareció tranquilizarse un poco.

La caseta apareció entre los árboles como un secreto cubierto de polvo.

Una construcción de madera y piedra de una sola planta. Techo inclinado. Pequeñas ventanas. Sin luz.

Sin señal alguna de vida.

Alejandro detuvo el coche detrás de un grupo de arbustos altos.

«Todos bajad. Ahora».

Javier aún no había llegado.

La furgoneta podía aparecer en cualquier momento.

Alejandro bajó primero, con la pistola en la mano, y luego abrió la puerta delantera para que saliera Isabella.

El aire de la montaña cortaba la piel.

Frío.

Con olor a tierra húmeda y resina de pino.

«Marta, lleva a Sofía», dijo Isabella.

«Yo puedo caminar sola», protestó Lucas de inmediato.

«Caminarás sola, pero tomado de mi mano», respondió Isabella.

«Eso no es un trato justo».

«No hay trato».

Alejandro ya había abierto la puerta de la caseta con una llave vieja que sacó de un pequeño llavero que guardaba desde hacía años. La puerta chirrió al abrirse.

En el interior reinaba la oscuridad y el frío.

Pero un refugio no necesita ser bonito.

Solo necesita ser seguro.

«Entrad», dijo en voz baja.

Entraron rápidamente.

Marta cerró la puerta. Alejandro deslizó una vieja barra de hierro por detrás para asegurarla.

El espacio era reducido: una sola habitación principal, una chimenea de piedra, dos ventanas estrechas y un pasillo corto que conducía a la habitación trasera.

El aire olía a madera vieja y cenizas antiguas.

Sofía miró a su alrededor.

«Esta casa parece estar triste».

Alejandro se volvió hacia ella.

«Un poco».

Lucas entrecerró los ojos.

«Tú ya habías estado aquí».

Alejandro sostuvo la mirada del niño durante unos instantes.

«Hace mucho tiempo. Cuando era pequeño».

Aquella respuesta bastó para que el silencio volviera a apoderarse del lugar.

Isabella observó el entorno.

Ahora entendía por qué aquel hombre nunca había querido volver.

Aquella casa no era solo un escondite.

Era un recuerdo.

Y los recuerdos, para Alejandro, parecían siempre traer consigo espinas.

La radio que llevaba Javier en la cintura crepitó. Acababa de entrar por la puerta trasera junto con otro guardia.

«El equipo de la colina está bloqueado. Han derribado un árbol intencionalmente en el camino de arriba».

Isabella lo miró con preocupación.

«Así que todo estaba planeado».

«Sí», respondió Alejandro. «Y muy bien organizado».

Javier se acercó a una de las ventanas estrechas y asomó la mirada al exterior.

«Todavía no se ven luces».

«¿Cuánto tardarán en darse cuenta de que no hemos tomado la puerta principal?», preguntó Isabella.

«Si Ricardo es inteligente, un minuto», respondió Alejandro.

Lucas levantó una ceja con desconfianza.

«¿Y si no es inteligente?».

«Si no lo es», respondió Alejandro, «no estaríamos aquí ahora mismo».

Sofía se sentó en un viejo sofá y abrazó con fuerza al señor Bigotes.

«Yo prefiero mi fortaleza de almohadas».

«Una buena elección», murmuró Isabella.

Se arrodilló frente a su hija y le acarició la mejilla.

«Escúchame, cariño. Vamos a jugar a un juego de silencio, ¿vale? Quien se mantenga más tranquilo, gana».

Sofía tragó saliva y asintió.

«Yo puedo».

Lucas se quedó de pie cerca de la otra ventana, con una calma inusual para su edad.

«Yo también».

Alejandro se volvió hacia él.

«No te acerques a la ventana».

Lucas abrió la boca para replicar.

Pero al ver la expresión de su padre, se detuvo.

Y por primera vez en toda la noche, obedeció sin oponer resistencia.

Se alejó dos pasos.

Un pequeño avance que no hubo tiempo de celebrar.

Pasó un minuto.

Luego dos.

Y entonces una luz barrió la copa de los árboles del exterior.

Faros.

Bajos.

Cerca.

Sofía se apretó contra Isabella.

Lucas, sin darse cuenta, se colocó un poco delante de ambas.

Alejandro se desplazó hacia un lado de la ventana, con el cuerpo cubriendo parcialmente a su familia que se encontraba detrás de él.

Los faros se detuvieron justo fuera de los arbustos.

El motor se apagó.

El silencio del bosque regresó.

Y eso fue aún peor.

Porque ahora debían esperar a escuchar el siguiente sonido.

Javier levantó dos dedos indicando que eran dos personas.

Luego tres.

Luego cuatro.

Se distinguían siluetas moviéndose en la oscuridad.

La puerta de la caseta seguía cerrada.

Nadie llamó.

Se oyeron pasos sobre la grava.

Una linterna barrió la pared exterior.

Y entonces se escuchó una voz masculina desde afuera.

«¡Somos de los servicios de protección infantil!».

Isabella se tensó de inmediato.

Mentira.

Ya habían ido esa misma noche. Y no venían al bosque con una linterna y cuatro hombres.

Alejandro no respondió.

La voz volvió a escucharse.

«¡Señora Vargas! ¡Solo queremos asegurarnos de que los niños estén a salvo!».

Lucas soltó un bufido suave.

«Si tienen que repetir que están a salvo, es que mienten».

Alejandro lo miró brevemente.

Casi con orgullo.

Casi.

Entonces se oyó una segunda voz.

De mujer.

Suave.

Conocida.

Demasiado conocida.

«Isabella», la llamó desde afuera. «No tiene sentido esconderse. Ricardo ya sabe que estáis aquí».

Valentina.

Las manos de Isabella se cerraron en puños.

«Claro que sí», murmuró.

Sofía miró de uno a otro de los adultos.

«Es la mujer que huele tan bien».

Sí.

La mujer que olía tan bien que merecía ser arrojada al abismo.

Alejandro se acercó a la puerta, con la pistola baja pero lista para disparar.

«¿Qué queréis?», preguntó sin abrir.

Valentina soltó una pequeña risa desde el exterior.

«Deja que entre, si me lo pides amablemente».

«Inténtalo de nuevo».

«Está bien». Su voz se volvió más grave y cortante. «He venido porque esa furgoneta no pertenece a Ricardo».

Se hizo un silencio absoluto.

Isabella miró fijamente a Alejandro.

Los ojos oscuros del hombre no se apartaron de la puerta.

Valentina continuó hablando.

«Y si no abrís en diez segundos, los hombres que realmente buscan a Lucas llegarán antes que nosotros».

La sangre se heló en las venas de Isabella.

¿No pertenecía a Ricardo?

¿Entonces de quién era?

Javier se desplazó hacia la ventana trasera para intentar mirar hacia el otro lado.

Su expresión cambió de golpe.

«Señor».

Alejandro no se volvió.

«¿Qué pasa?».

«Hay otro juego de faros. Vienen por el camino de arriba».

Todos se quedaron inmóviles.

Javier tragó saliva con dificultad.

«No es un solo vehículo».

Volvió a mirar hacia afuera y habló con una voz mucho más grave y preocupada:

«Son tres».

Lucas tomó la mano de Isabella.

Con fuerza.

Sin querer.

Pero con mucha fuerza.

Sofía se apretó contra el costado de su madre.

Desde afuera, Valentina golpeó la puerta de la caseta una sola vez.

Suavemente.

Casi con educación.

«Elige rápido, Alex», dijo. «Yo o ellos».

Alejandro miró fijamente la puerta sin pestañear.

Luego volvió la cabeza levemente hacia Isabella.

Sus miradas se cruzaron.

No había tiempo.

No había lugar seguro.

No había una buena opción.

Solo dos tipos de peligro esperaban fuera de aquella vieja casa.

Y uno de ellos estaba sonriendo.

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