Mundo ficciónIniciar sesiónAlejandro observaba la pequeña luz roja en la palma de su mano como si contemplara un corazón que latía fuera de lugar.
El rastreador parpadeaba lentamente. Con ritmo constante. Con serenidad. Como si no le importara en absoluto que toda su vida acabara de verse obligada a cambiar de rumbo. «Ruiz», dijo. Su voz era baja. Demasiado baja. «No vayas hacia la Sierra». Ruiz se volvió desde el asiento delantero. «¿Entonces hacia dónde?» Alejandro cerró la mano alrededor del aparato. Sus ojos oscuros se posaron luego en Isabella. «Hacia un lugar que no figura en los mapas». Lucas alzó levemente una ceja desde el asiento trasero. «Eso suena exactamente al tipo de sitio que seguramente está embrujado». Sofía, acurrucada junto a Marta, se pegó aún más a ella al instante. «¿Hay mantas en ese lugar de fantasmas?» Alejandro volvió la cabeza hacia atrás. «Las hay». «Entonces podré tener miedo con comodidad», murmuró Sofía. En una noche como aquella, la frase debería haber resultado graciosa. Sin embargo, nadie se rió. La radio del salpicadero soltó un crujido estático. La voz de Javier llegó entrecortada. «Señor. El equipo señuelo sigue avanzando hacia la Sierra. Un vehículo viaja junto a ellos. Todavía no se han avistado los otros dos automóviles». Alejandro respondió al instante. «Bien. Que este rastreador siga su trayectoria». Isabella se giró bruscamente hacia él. «¿Piensas colocarlo en el coche señuelo?» «Exacto». «¿Y si se dan cuenta?» Alejandro mantuvo la mirada fija en el camino. «Si se dan cuenta, al menos lo harán demasiado tarde». El vehículo pasó por encima de un pequeño bache. El rastreador parpadeó una vez más contra su piel. Alejandro lo extendió hacia Ruiz. «En cuanto lleguemos al cruce de rocas, pásalo al coche de Javier. Fíjalo en la parte inferior del chasis, nunca en los asientos. Deben creer que somos torpes, no que estamos aterrorizados». Ruiz asintió. «Entendido». Isabella contempló el perfil del rostro de Alejandro. Sus hombros tensos, su mandíbula rígida, sus ojos que apenas parpadeaban. Debería haber sentido odio hacia él. Y en parte, así seguía siendo. El problema era que, esa noche, el hombre no parecía un director ejecutivo. Parecía alguien que sostenía el peso del mundo entero para evitar que se desplomara sobre los dos niños que viajaban atrás. «¿Qué es ese lugar que no figura en ningún mapa?», preguntó Isabella. Alejandro guardó silencio durante dos segundos. Luego respondió: «Una antigua estación meteorológica». «¿Una estación meteorológica?» «Pertenecía a mi madre. La adquirió usando su apellido de soltera. Nunca pasó a formar parte de los bienes familiares. Nunca fue utilizada por nadie más». Hizo una breve pausa. «Solo yo conozco el camino hasta allí». Lucas se giró de inmediato. «Entonces ya te has escondido allí antes». Alejandro lanzó una mirada rápida por el espejo retrovisor central. «Así es». «¿Del abuelo?» «Sí». Lucas procesó la información en silencio. Luego asintió levemente, como si aquel dato lograra poner un poco de orden en lo que hasta entonces era confuso en su mente. «Bien», dijo. «Si lograste esconderte con éxito allí una vez, quizá el lugar sea aceptable». Sofía apretó contra su pecho al Señor Bigotes, alzándolo un poco más alto. «Si hace frío allí, quiero sentarme muy cerca de mamá». «Tienes permiso», respondió Isabella. La niña pareció satisfecha. El cruce de rocas apareció diez minutos después. Ruiz bajó primero cuando el vehículo redujo la velocidad al resguardo de un oscuro farallón. No se encendió ninguna luz. Solo quedaba la luna medio oculta tras las nubes y el tenue resplandor de una linterna cubierta para amortiguar su brillo. Javier llegó desde el coche que venía detrás, se inclinó, tomó el rastreador y desapareció de nuevo en la sombra. Todo se completó en menos de treinta segundos. Cuando Ruiz volvió a subir al vehículo, Lucas lo observó con atención. «Ha sido bastante rápido». Ruiz cerró la puerta. «He practicado mucho este tipo de tareas sencillas pero necesarias». Lucas pareció sentir cierto respeto ante esa franqueza. Alejandro volvió a pisar el acelerador. El todoterreno giró bruscamente a la izquierda, adentrándose en una senda que apenas podía llamarse camino. Las copas de los árboles cerraban el paso de la luz celestial. Las ramas rozaban el techo del vehículo con cada movimiento. Barro y grava salpicaban violentamente bajo las ruedas. Sofía aferró con fuerza la mano de Isabella. «¿Mamá?» «Aquí estoy, cariño». «Si vomito dentro de este coche fantasma, ¿de quién será la culpa?» Lucas soltó un suspiro pesado. «En todas las desgracias que ocurren, siempre termina siendo culpa del vehículo». «Soy muy consecuente con mis razonamientos», afirmó Sofía con seriedad. Por un instante, Alejandro estuvo a punto de sonreír. Isabella lo advirtió. Y, por extraño que pareciera, aquel leve movimiento en la comisura de sus labios fue suficiente para que sintiera cómo su propio pecho se aligeraba y se calentaba un poco, en medio de una noche que debía haber sido helada hasta el hueso. Un punto luminoso apareció fugazmente en el espejo retrovisor. Lejano. Y desapareció al tomar la siguiente curva. Alejandro contuvo la respiración unos instantes, escuchando el sonido del motor, el roce contra las piedras y el silencio profundo del bosque. Nadie se acercaba lo suficiente como para representar un peligro inmediato. Todavía no. «¿Sigues teniendo la sensación de que nos persiguen?», preguntó Isabella. «Sí». «Me alegra saber que en este vehículo todavía queda un poco de esa sana paranoia». «Tú lo llamas paranoia. Yo lo llamo la razón por la que todos ustedes siguen respirando». Maldición. Tenía razón. Una vez más. La estación meteorológica apareció en la cima de la ladera, semejante a una construcción que alguien hubiera decidido olvidar deliberadamente. De piedra pálida. Con un techo metálico ya envejecido. Ventanas estrechas. Una torre baja, despojada de cualquier instrumento, donde solo quedaba su estructura negra recortada contra el cielo nocturno. Sin nombre alguno que la identificara. Sin cercas que la delimitaran. Sin luz que la iluminara. Únicamente una pesada puerta de madera y un sendero estrecho que la maleza había ido borrando poco a poco. «Una casa de fantasmas», murmuró Sofía. «Ya te lo había advertido», recordó Lucas. Alejandro apagó el motor. El silencio absoluto del bosque irrumpió de inmediato. Bajó primero, inspeccionó el entorno con cuidado y luego abrió la puerta para que salieran los demás. El aire gélido golpeó el rostro de Isabella al instante. Sofía descendió abrazando tres peluches al mismo tiempo. Lucas llevaba su dinosaurio de plástico y hacía todo lo posible por parecer totalmente imperturbable al miedo. Ruiz dio la vuelta completa al edificio antes de volver junto a ellos. «Todo despejado», informó con voz baja. Alejandro abrió la entrada principal sirviéndose de una pequeña llave antigua que sacó del bolsillo interior de su chaqueta. La madera crujió con estridencia al moverse. Un aroma denso a polvo, metal oxidado y madera vieja fue su primera bienvenida al entrar. El interior constaba de una única estancia amplia con una mesa larga, una estufa de hierro antigua, dos sofás desgastados y un pasillo corto que conducía a un pequeño dormitorio trasero. En las paredes colgaban mapas meteorológicos amarillentos por el paso del tiempo. Marta comenzó a desplegar inmediatamente las mantas de emergencia. Ruiz puso en marcha un pequeño generador situado en el exterior; al instante, unas lámparas de luz amarillenta se encendieron con parpadeo irregular. Sofía recorrió con la mirada todo el recinto. «Esta casa parece estar triste», dijo con sencillez. Alejandro observó el lugar durante unos segundos antes de responder. «Lo está». Lucas caminó despacio hacia la mesa antigua situada en el centro. Con la punta de un dedo, acarició una pequeña marca grabada sobre la superficie de madera. «¿Solías venir mucho aquí?» Alejandro depositó su arma sobre la mesa, al alcance de su mano, y asintió. «Cuando tenía más o menos tu misma edad». «¿Cuando el abuelo se enfurecía?» «O cuando la casa principal se volvía demasiado asfixiante». Lucas reflexionó sobre aquella explicación. Luego, con una calma inesperada, dijo: «Entonces tú también tuviste miedo alguna vez». El silencio se apoderó de la sala. Alejandro clavó la vista en su hijo. Permaneció así un buen rato. «Sí». Lucas asintió levemente. No como gesto de compasión. Ni de perdón. Era más bien como si una pieza más de un gran rompecabezas hubiera encontrado finalmente su lugar exacto. Sofía ya se había acomodado sobre uno de los sofás desgastados y se cubría los hombros con la manta. «Decido que esta casa de fantasmas es bastante aceptable, siempre que haya luz y mantas». «Es el mayor elogio que puede salir de su boca», comentó Isabella en voz baja. «Sin duda lo parece», coincidió Alejandro. Ambos hablaban con tono muy suave. Ambos cargados de cansancio. Y demasiado conscientes de la presencia mutua como para sentirse realmente cómodos. Finalmente, la radio portátil de Ruiz cobró vida con el mensaje de Javier. «El rastreador avanza hacia la Sierra. Dos vehículos lo siguen. Han caído en la trampa del señuelo». El alivio no llegó completo. Solo a medias. Porque la otra mitad de su razón sabía que noches como aquella nunca entregaban victorias totales. «¿Apareció algún tercer vehículo?», preguntó Alejandro. «Hasta el momento, no». Isabella cruzó los brazos sobre el pecho. «Odio esa expresión: “hasta el momento”». «Yo tampoco la soporto», admitió Alejandro. Marta llevó a Sofía hacia la habitación trasera para que se pusiera ropa más abrigadora. Lucas permaneció en la sala principal, sentado en el suelo junto a la estufa que acababan de encender. Había colocado a su dinosaurio de plástico y otros juguetes en fila, como si fueran centinelas de guardia. «¿Hay algo para comer?», preguntó. Ruiz abrió al instante la mochila de provisiones. «Galletas saladas, agua, dos barras de proteína con sabor a chocolate y algo que dicen ser sopa instantánea». Lucas miró con desconfianza los envases. «Suena bastante lamentable». «Bienvenido al refugio», respondió el hombre con sequedad. Alejandro permanecía cerca de la ventana estrecha, vigilando el exterior y volviendo de nuevo al centro de la sala. Isabella se acercó a él. Lo suficiente para hablar en un susurro inaudible para el resto. «¿Te encuentras bien?» Fue un error. La pregunta se le escapó antes de que pudiera retenerla. Alejandro se giró hacia ella. Sus ojos oscuros la sostuvieron con firmeza. «No». Esa franqueza caló más hondo que cualquier respuesta preparada. «Yo tampoco», confesó ella. Durante un instante, no hubo nada más entre ellos. Dos personas demasiado agotadas para seguir fingiendo fortaleza. Entonces Sofía volvió a entrar desde la habitación trasera, vestida con un grueso pijama y cargando con todos sus peluches. «Al Señor Bigotes le está entrando frío», anunció con absoluta seriedad. Marta negó levemente con la cabeza. «Ya te he explicado que los muñecos no sienten frío». «Si es así, ¿por qué tiene esa expresión tan triste?» No existía respuesta lógica capaz de contrarrestar un razonamiento tan sencillo como aquel. Isabella tomó al conejo de peluche con una leve sonrisa. «Déjamelo a mamá». Alisó una de sus orejas, que se había doblado. Y se detuvo en seco. Sus dedos rozaron algo duro oculto bajo la costura inferior de la oreja. No era algodón. Ni tela. Metal. Frío. El corazón pareció detenerse en su pecho. «Alejandro». El cambio en su voz fue tan marcado que hizo que todos giraran la cabeza al instante. Presionó nuevamente sobre la costura. Había una pequeña protuberancia. Y entre los hilos desgastados, algo parpadeó: luz roja. Una vez. Dos veces. Tres veces. El tiempo pareció detenerse en la sala. Sofía miró fijamente a su muñeco. «¿Por qué el Señor Bigotes se enciende?» Nadie respondió de inmediato. Porque en ese momento todos comprendieron la verdad. No habían marcado el coche. No habían marcado la casa. No habían marcado ningún refugio. Habían marcado a los niños. Alejandro se movió con rapidez, tomando el peluche de las manos de Isabella con extremo cuidado, como si se tratara de un artefacto a punto de estallar. Sus dedos localizaron la costura que había sido abierta y vuelta a cerrar con prisa. Valentina. La mujer del uniforme. La sala segura. La cortina que no llegó a cerrarse del todo. Todo cobró sentido. Sofía rompió a llorar con fuerza. «¡Es mi muñeco! ¡Devuélvemelo!» Alejandro miró a su hija, luego al objeto, y finalmente a Isabella. Su semblante mostraba una calma absoluta en ese instante. Demasiada calma. Entregó al Señor Bigotes a Ruiz. «Sácalo fuera. Ahora mismo. Llévalo a doscientos metros de distancia, déjalo bajo cualquier árbol y aléjate inmediatamente». Sofía sollozaba sin consuelo. «¡No quiero!» Isabella la estrechó con fuerza contra su pecho. «Lo sé, mi vida. Lo sé perfectamente». Lucas se puso de pie lentamente. Sus ojos pasaron del muñeco a su padre, y volvieron a detenerse en la costura que seguía emitiendo sus destellos rojizos. Cuando habló, su voz sonó muy baja. Completamente plana. Y mucho más aterradora que el llanto desconsolado de su hermana. «No van tras el coche», afirmó. Alzó lentamente la mirada hacia los adultos que allí se encontraban. «Nos persiguen a nosotros».






