«¿Por qué tus ojos… son iguales a los míos?»La pregunta de Lucas cayó suavemente.Pero su efecto fue como un golpe directo al pecho.Alejandro se quedó inmóvil junto a la cama.La luz azulada de la lámpara nocturna recortaba el rostro pequeño que tenía ante sí.Las cejas fruncidas, unos ojos oscuros demasiado agudos, una boca que parecía siempre a punto de hacer un puchero, incluso apenas despertado.Él ya había visto ese rostro antes.En el espejo.Todas las mañanas, durante treinta y dos años.Sintió que se le cerraba la garganta.Lucas seguía mirándolo, ahora más despierto, más alerta.«La gente no suele tener los ojos exactamente iguales», dijo el niño. «Salvo que sean de la misma familia».Alejandro tragó saliva.Podía mentir.Podía decir que era una simple coincidencia.Podía salvar esta noche de una posible explosión.Pero después de todo lo que había destruido en su vida, la mentira le parecía un pecado demasiado fácil de cometer.«Hay preguntas», dijo con voz queda, «que tu
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