El Uniforme Falso

Los golpes en la puerta principal volvieron a sonar.

Fuertes.

Medidos.

No como de alguien que solo quiere entrar.

Sino de alguien segura de que, al final, entrará sin falta.

Desde afuera, la voz de Marina Salcedo se filtró entre las rendijas de la madera envejecida.

«En nombre de la protección infantil, abran ahora mismo. Actuamos con autoridad de emergencia».

Lucas soltó un suspiro desde el interior de la bóveda.

«Sigue usando ese tono que parece sacado de la televisión».

Alejandro permanecía de pie en medio de la sala principal, con el arma levantada a media altura y sus ojos oscuros fijos sin desviarse sobre la puerta.

«Marco», dijo simplemente.

Marco, agachado junto al viejo aparato de radio, levantó al instante la tableta que sostenía.

«Listo».

«¿Qué tienes?».

«El número de autoridad de emergencia que acaba de mencionar». Sus dedos se movían con rapidez sobre la pantalla. «No figura en ningún registro. No hay expedientes activos para esta noche. Ni autorización judicial complementaria de ninguna clase».

Isabella clavó la mirada en la puerta.

«Entonces… esos uniformes son falsos».

Desde la bóveda, la voz de Lucas se escuchó en tono tranquilo y seguro.

«Ya yo lo decía».

Marina volvió a golpear.

«Señorita Vargas, le aconsejo que coopere. Los niños estarán mucho más tranquilos si su madre no complica las cosas innecesariamente».

Alejandro miró la puerta como si quisiera atravesarla con la sola fuerza de su odio.

Luego respondió, con una voz gélida, sin rastro de calidez.

«Nunca más vuelvas a mencionar la tranquilidad de mis hijos».

Hubo un silencio breve, apenas un instante, al otro lado.

Y entonces la voz de Marina cambió por completo.

Ya no era suave.

Ya no sonaba a funcionaria de asistencia social.

Se volvió más plana.

Y mucho más cruel.

«Muy bien», dijo ella. «En ese caso, dejémonos de fingir».

Valentina, que vigilaba cerca de la ventana, alzó levemente una ceja.

«Por fin».

Javier miró a través de la rendija entre las cortinas.

«Un hombre en la puerta. Dos junto a la ventana derecha. Hay otro más que lleva un cilindro».

«¿Gas?», preguntó Isabella.

«Podría ser», respondió Valentina. «O una carga de destello. En cualquiera de los dos casos, será desagradable».

Alejandro se giró hacia la bóveda.

«Lucas. Sofía. Escúchenme bien».

Ambos niños lo miraban desde la estrecha abertura de la puerta de acero.

«Cuando dé la orden de cerrar, Marta corre a ajustar la puerta por completo. Quédense siempre pegados a la pared izquierda. No se acerquen bajo ninguna circunstancia a la rejilla de ventilación. ¿Entendido?».

Lucas asintió con seriedad.

Sofía hizo lo mismo a medias, ahogando apenas un sollozo.

«No me gusta cuando hablas así», murmuró con voz débil.

Alejandro sostuvo la mirada de su hija.

«Lo sé».

«Entonces… no pierdas».

Algo cruzó rápido por el rostro del hombre.

Dolor.

Ternura.

Y desapareció tan rápido como llegó, oculto nuevamente bajo su férreo control.

«Haré todo lo posible, te lo prometo».

Lucas se irguió un poco más.

«¿Cuál es la orden, papá?».

Fue como si el tiempo en la sala se detuviera por un segundo.

Alejandro miró a su hijo, con orgullo mezclado con angustia.

«Cumplir bien tu parte».

Lucas asintió una sola vez.

«Entendido. Yo cuidaré de Sofía».

«Bien hecho».

Los golpes volvieron a sacudir la puerta.

Esta vez con mucha más fuerza.

La bisagra superior crujió y vibró.

Ruiz deslizó un armario pequeño para apoyarlo contra el marco.

Javier tomó posición firme junto a la ventana derecha.

Valentina alzó la barra de hierro que tenía entre las manos.

«Odio trabajar en equipo», murmuró entre dientes.

«El sentimiento es mutuo», le respondió Isabella con la misma seriedad.

Marco levantó la cabeza de entre los cables del aparato antiguo.

«Puedo activar la vieja baliza meteorológica. La señal es débil, pero tal vez llegue hasta el puesto de guardabosques».

«¿Cuánto tardarán?», preguntó Alejandro.

«Si están atentos, doce minutos. Si se han quedado dormidos… solo nos queda rezar».

Alejandro asintió brevemente.

«Actívala ya».

La voz de Marina volvió a llegar desde el exterior, más imperiosa.

«Es su última oportunidad. Entreguen a Isabella Vargas y al niño. La pequeña no tiene por qué salir herida de esto».

Desde adentro de la bóveda, Sofía contuvo la respiración con un respingo.

Lucas habló de inmediato, con voz lo bastante fuerte para que se oyera claramente en toda la sala principal:

«Odio a la gente que convierte frases horribles en algo que suena educado».

Isabella cerró los ojos un instante.

Y luego los abrió de nuevo, con determinación renovada.

Aún no.

No era momento de venirse abajo.

Alejandro no respondió a Marina.

En su lugar, caminó hacia Isabella, acercándose demasiado para mantener cualquier apariencia de distancia profesional.

«Quédate cerca de la entrada de la bóveda», le dijo en voz baja.

«No pienso esconderme mientras tú…».

«Si logran entrar y te quedas parada en medio del espacio abierto, no podré disparar con precisión ni seguridad».

Ella odió que sus palabras tuvieran toda la lógica del mundo.

Y lo odió aún más porque él lo decía sosteniéndole la mirada con una sinceridad demasiado dolorosa.

«No necesito una protección que suene a hazaña heroica».

«Perfecto», bajó aún más el tono Alejandro. «Porque esto no tiene nada de heroico. Es simplemente táctico».

Desde afuera comenzó la cuenta regresiva.

«¡Tres!».

Ruiz levantó su arma, listo.

«¡Dos!».

Valentina miró de reojo a Javier.

«En cuanto entre el cilindro, pátalo hacia afuera. No te hagas el mártir».

«¡Uno!».

El cristal de la ventana derecha estalló en mil pedazos.

No fue un disparo.

Un pequeño cilindro negro se deslizó por el suelo de madera, girando sobre sí mismo, y al instante comenzó a expulsar una columna de humo blanco y denso.

«¡Fuera con eso!», gritó Javier.

Cubrió el objeto con una manta vieja y, de un fuerte puntapié, lo devolvió al exterior por la abertura rota.

Una explosión de luz cegadora estalló apenas un segundo después, justo fuera de la casa.

Era una carga de destello.

Tan potente que hizo vibrar toda la estructura de las paredes.

Sofía soltó un grito de miedo.

Lucas ya la había arrastrado hacia la zona segura antes incluso de que Marta pudiera moverse.

«¡Hacia la pared izquierda!», ordenó con firmeza, imitando exactamente el tono de su padre.

La puerta principal recibió un nuevo impacto brutal.

Una vez.

Dos veces.

La bisagra superior terminó por ceder por completo.

La hoja se combó hacia adentro, abriéndose a medias.

Marina dio la orden desde fuera, sin molestarse ya en ocultar la rudeza de su tono.

«¡Entren!».

Ruiz disparó una bala de advertencia directa contra el marco de madera.

La madera astilló con estruendo.

Alguien afuera lanzó una maldición furiosa.

Valentina se desplazó hasta el borde de la ventana destrozada y, con un golpe seco y certero de su barra de hierro, aplastó la mano que intentaba aferrarse al alféizar.

Se escuchó un grito corto y agudo de dolor.

«Bien», comentó ella con absoluta frialdad. «Al final resulta que sí me gusta este trabajo».

Alejandro giró la cabeza hacia la bóveda.

«¡Cierren la puerta!».

Marta tiró inmediatamente de la pesada hoja de acero hasta reducir la rendija a un espacio mínimo.

Pero Isabella seguía afuera.

Alejandro la miró fijamente.

«Entra ya, Isa».

Ella negó con la cabeza.

«No si tú sigues aquí afuera».

Un segundo.

Solo uno.

Pero fue suficiente para que algo profundo cambiara en la mirada oscura de él.

No era ira.

Ni resignación ante la derrota.

Era algo mucho más peligroso y decidido.

Antes de que alguno pudiera añadir una sola palabra más, la puerta principal se desprendió por la mitad.

Un hombre vestido de oscuro forzó el paso introduciendo el hombro.

Javier se lanzó contra él desde el costado para desequilibrarlo.

Ruiz disparó contra el techo justo encima de la cabeza del intruso, obligándolo a retroceder instintivamente.

Una tenue corriente de humo comenzó a deslizarse también por la otra ventana intacta.

Marina alzó la voz al máximo desde el exterior:

«¡El siguiente es gas real!».

Desde el puesto de radio, Marco soltó una maldición entre dientes.

«La baliza funciona… pero no tenemos doce minutos, ni de lejos».

Alejandro tomó a Isabella del brazo y la hizo retroceder dos pasos hacia la entrada de la bóveda.

«Entra».

Ella se soltó con firmeza.

«Tú también».

«Isa…».

«Entramos juntos, o yo me quedo aquí parada contigo».

No era el momento adecuado para luchar por imposiciones de voluntad.

Y aun así, ambos permanecían inmóviles, demasiado cerca el uno del otro, rehusando dar un paso atrás, mientras la casa antigua a su alrededor parecía desmoronarse centímetro a centímetro bajo el asedio.

Fue Lucas, al fin, quien rompió ese punto muerto.

«¡Papá!».

Alejandro volvió la cabeza rápidamente.

La puerta de la bóveda se había abierto un poco más.

El rostro del niño aparecía en el estrecho hueco.

«¡Hay otra salida aquí abajo!».

Todos se quedaron petrificados.

«¿Qué dices?», preguntó Alejandro incrédulo.

Lucas empujó la hoja con más fuerza y señaló hacia el interior oscuro de la estancia.

Debajo de una vieja estantería metálica, una sección del suelo de piedra se había deslizado revelando una abertura. Estaba oculta hasta ese momento bajo un cajón oxidado de instrumentos, que él mismo había logrado apartar con esfuerzo.

«Mira esto», explicó. «Lo rozé sin querer al buscar un lugar donde sentarnos. Hay una escalera que baja».

Por todos los cielos.

Alejandro avanzó dos pasos dentro de la bóveda e iluminó el espacio con su linterna pequeña.

Era verdad.

Bajo el suelo de piedra se abría un conducto estrecho que descendía y luego torcía, probablemente hacia la antigua red de medición barométrica o un pasadizo de servicio de la torre.

Desde la sala principal, Valentina soltó un silbido corto de admiración.

«Tu hijo es, sin duda, la mejor herencia que ha tenido esta familia».

Un nuevo golpe violento sacudió lo que quedaba de la puerta principal.

Esta vez la madera se partió en dos mitades.

Las siluetas de dos hombres ya eran claramente visibles en el vano de entrada.

Marina avanzó medio paso detrás de ellos; su expresión ya no guardaba ni rastro de amabilidad.

«Ya basta», ordenó con voz seca. «Capturen a la madre».

Javier disparó contra la vieja lámpara colgada del techo.

La luz se rompió en sombras.

La sala quedó sumida en penumbras, cruzada solo por los haces inestables de linternas que entraban desde afuera.

Ruiz empujó un armario pesado hasta hacerlo caer obstruyendo totalmente el paso.

«¡Corran!», gritó con todas sus fuerzas.

Alejandro se giró de nuevo hacia Isabella.

Seguía entrando humo.

Seguía escuchándose el estruendo de disparos.

Seguían existiendo únicamente opciones desesperadas y terribles.

«¡Entra al conducto!», le ordenó.

Isabella miró primero a Lucas, luego a Sofía y finalmente al hueco oscuro abierto bajo el suelo.

«¿Hacia dónde lleva?».

«No lo sé».

«Esa es una respuesta pésima».

«¡Es la única que tenemos!».

Marina gritó desde fuera, su voz cortante sobre el ruido de la madera astillada:

«¡Ya mismo, o prendemos fuego a todo el edificio!».

Lucas tomó con fuerza la mano de su hermana menor.

«¡Mamá, por favor!».

Alejandro iluminó una vez más la oscuridad del pasaje y luego clavó la mirada en ella.

Esos ojos oscuros.

Tan llenos de vida.

Tan incapaces de mentir.

«Bajaré con ellos primero», dijo con determinación. «Tú vas justo detrás de mí».

«¿Y tú?».

«Yo seré el último».

«No».

«Isa…».

«No. No voy a permitir que te quedes atrás para…».

Un disparo impactó violentamente contra la pared de piedra justo por encima de sus cabezas.

Polvo y escombros cayeron sobre ellos.

Sofía volvió a gritar asustada.

Lucas la protegió con su propio cuerpo, agachándose sobre ella.

Desde afuera, la voz de Ruiz alerta: «¡Ya están dentro!».

Ya no quedaba ni un segundo más que perder.

Alejandro tomó a Lucas con una mano, levantó a Sofía con la otra y lanzó una última mirada intensa a Isabella.

Un segundo.

Ni uno más.

«Confía en mí».

Fue la frase más peligrosa y, a la vez, la más necesaria que pudo pronunciar en ese instante.

Porque, tras todo lo que se había roto entre ellos, había una parte de ella que, contra todo juicio, aún deseaba hacerlo.

Se odió a sí misma por esa debilidad.

Aun así… asintió.

Alejandro comenzó el descenso por la estrecha escalera hacia la oscuridad profunda, llevando consigo a sus dos hijos.

Isabella bajó inmediatamente tras él.

Arriba, la casa antigua parecía desmoronarse bajo el peso de pasos pesados, insultos y de aquellos uniformes falsos que al fin habían dejado caer su máscara.

Y al pisar el tercer escalón, la mano derecha de ella rozó la pared húmeda de roca; entre la humedad, sus dedos percibieron marcas antiguas y profundas.

Una sola palabra.

Tallada con rudeza sobre la piedra.

MAMÁ

Se detuvo un instante, impactada.

Alejandro miró hacia arriba desde el escalón inferior.

«¿Qué ocurre?».

Ella iluminó ese punto de la pared con el haz de luz.

La mirada de Alejandro siguió el brillo hasta las letras.

Entonces su expresión cambió.

Fue algo muy sutil, casi imperceptible.

Pero estaba allí.

El reconocimiento doloroso.

El recuerdo vivo de una infancia que jamás había logrado desaparecer del todo.

Desde el piso superior resonó la voz potente de Marina:

«¡Se han metido hacia abajo! ¡Bajad tras ellos!».

Alejandro volvió la vista al frente, hacia el túnel oscuro que se abría ante ellos.

«Seguimos bajando, sin detenernos».

Pero en ese momento, Isabella comprendió algo aún más inquietante que el cerco que sufrían arriba.

No estaban simplemente huyendo por un pasaje olvidado.

Estaban descendiendo por el mismo lugar estrecho y oculto donde Alejandro, de niño, había grabado la primera palabra que buscaba cuando el miedo lo invadía.

Y quienes vestían los uniformes falsos ya comenzaban a bajar, justo detrás de ellos.

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