Melisa
El cuerpo me dolía por los golpes recibidos gracias a los amigos de esa escoria, quien no se enfrentó a mí solo, el muy hijo de puta mandó a sus colegas enfermos primero. Di la pelea hasta donde pude y, al verme débil, se metió. En el momento en que me pagaba, llegaron Enrique y Milena, quienes me los quitaron de encima.
Mi amigo se encargó de partirle la nariz a uno y a otro los dientes. Parecía su saco de boxeo. Era evidente que Roland le había enseñado a golpear diferente; se veía más atemorizante. Un ojo no lo podía abrir, me dolía el pómulo. Pero era evidente que algo le pasaba en este momento, había rabia en su mirada.
Milena era muy buena en defensa personal y también les daba sopa y seco a dos de los amigos del cobarde que tenía al frente. Con la llegada de mis amigos me sentí respaldada. Ellos siempre estarían a mi lado. Como papá siempre me lo había dicho, era importante encontrarme. Sin duda, ir a ese campamento me hizo más fuerte. No tenía por qué temerle. Alcé mi f