La llamada entró a las diez y cuarenta y tres.
Alice estaba en el corredor del cuarto piso, de camino al despacho con Max en el portabebés y el informe de Eduardo bajo el brazo. El teléfono vibró en el bolsillo. Lo sacó sin mirar la pantalla.
Lo miró.
Liam.
Tardó un tono en contestar. El tono justo para que no pareciera que lo esperaba, aunque la verdad era que llevaba dos días con el hilo de mensajes abierto en segundo plano, no para releerlo, sino por esa razón que no tenía nombre todavía: