Natasha Sinclair hablaba despacio.
No porque eligiera las palabras con precaución excesiva, sino porque llevaba suficiente tiempo en conversaciones de alto riesgo como para saber que la velocidad de una frase determinaba cómo era recibida, y que esta frase en particular merecía la velocidad exacta que le estaba dando.
—Voy a enviarte lo que queda —dijo—. Esta tarde. Mensajero al hotel. No hay condiciones. No hay conversación posterior si no quieres tenerla.
Alice estaba de pie en la habitació