El sol de Miami volvía todo más bello de lo que debía ser.
La terraza del Hotel Miller tenía ese problema a las seis y media de la tarde: la madera tibia, el cristal devolviendo oro, el ruido bajo de la piscina como si el agua no conociera ninguna guerra. Abajo, el hotel funcionaba con la precisión de algo recién ganado y todavía vigilado de cerca. Un carrito de room service dobló por el corredor este. Dos huéspedes cruzaron el lobby con esa calma que solo tienen las personas que creen que los e