La frente de Max estaba más caliente de lo que debía.
Alice lo supo antes de que el termómetro confirmara nada, con la palma apoyada sobre la piel tibia de su hijo mientras la niñera del turno de noche explicaba que había empezado a inquietarse hacia las cuatro y media. No lloraba con fuerza. No parecía sufrir de manera alarmante. Pero su cuerpo tenía una incomodidad distinta, un calor pequeño y persistente que bastó para borrar del despacho cualquier resto de la noche anterior.
Liam permanecía