El silencio del hotel después de las once nunca era silencio completo.
Alice lo sabía desde los primeros meses después del nacimiento de Max, cuando aprendió a distinguir los sonidos que importaban de los que solo formaban parte de la respiración nocturna del edificio: el ascensor que bajaba a las once y cuarto con el turno de cocina, el ruido suave del sistema de ventilación ajustándose, los pasos amortiguados de seguridad haciendo la ronda. Esa noche, sin embargo, el silencio tenía otra densid