A Max le bastaron dos días y medio para volver a interesarse por el mundo.
El domingo había estado más quieto de lo habitual, con esa fatiga serena de los cuerpos pequeños que usan toda su energía en otra parte. El lunes empezó a seguir la palmera desde la ventana otra vez, intentó alcanzar el libro de la luna cuando Alice lo dejó sobre la manta y protestó con absoluta convicción cuando la niñera tardó más de lo acostumbrado en aparecer.
Max volvía a ser Max.
Eso, después de la fiebre, era sufic