El viernes empezó con las manos.
No como metáfora.
Como hecho físico.
Alice despertó con la sensación exacta de los cinco centímetros en el dorso de las manos, en el espacio donde sus dedos no habían tocado los de Liam, pero habían estado lo bastante cerca para que la piel registrara la temperatura.
Cinco centímetros.
Unos segundos.
Nada más.
Y, aun así, el cuerpo los recordaba con una fidelidad que ningún expediente habría podido igualar.
Fue por Max a las seis y cuarenta.
Le explicó, en voz b