Mañana. A las tres. Alice, yo no firmé nada. Los dos mensajes estaban en la pantalla cuando abrió los ojos a las seis y ocho. El segundo no cambió al releerlo. No se volvió menos directo. No se volvió más fácil. Cerró el teléfono. Se quedó mirando el techo treinta segundos, con Max quieto en la cuna, el hotel en silencio y el jueves existiendo con un peso que ya no era anticipación. Era presencia.
La mañana tuvo una textura distinta, aunque los hechos fueran casi los mismos. El café. Los informe