El mensaje de Liam estaba en la pantalla cuando Alice abrió los ojos a las seis y ocho.
Mañana. A las tres.
Enviado a las doce y tres minutos.
Debajo, tres minutos después, otra línea.
Alice, yo no firmé nada.
Alice leyó ambos mensajes una vez.
Después otra.
El segundo no cambió.
No se volvió menos directo.
No se volvió más fácil.
Cerró el teléfono y lo dejó sobre la mesilla. Se quedó mirando el techo durante treinta segundos, con Max quieto en la cuna, el hotel en silencio debajo de ella y el