El penthouse estaba demasiado silencioso.
Liam se despertó a las cuatro de la madrugada por sexta noche consecutiva, el pecho oprimido como si alguien le hubiera dejado un yunque encima. Giró la cabeza hacia el lado derecho de la cama —el lado de Alice— y encontró solo sábanas frías, estiradas con una perfección inhumana.
No era la ausencia lo que dolía.
Era la precisión de esa ausencia.
Se incorporó en la oscuridad. Buscó a tientas el vaso de agua que Alice siempre dejaba ahí. No estaba. Nada e