Liam no había dormido.
A las cuatro de la madrugada seguía en el mismo lugar donde llevaba horas: en el sofá del penthouse, con un papel arrugado entre los dedos y una botella vacía en el suelo.
La boca le sabía a ceniza.
No importaba cuántas veces tragara saliva.
La sequedad no cedía.
La cabeza le latía con un ritmo sordo. Lento. Constante. Como si alguien golpeara desde dentro con un martillo envuelto en tela.
Había intentado tomar agua una hora antes.
El vaso seguía intacto sobre la mesa.
El