Lo quiero. Alice tenía otra vez el papel entre las manos, con Max dormido en la cuna y el móvil de estrellas detenido sobre él. La frase ya no la asustó como la primera vez. Seguía pesando, pero de otra manera: no se sintió como una caída, sino como una verdad que por fin había encontrado un lugar donde apoyarse. Pasó el pulgar sobre la tinta, sin borrar nada. Después las dijo en voz baja.
—Lo quiero.
El silencio que vino después no la desmintió. Dobló el papel de nuevo. Estuvo a punto de guarda