No eran solo los cinco centímetros entre la mano de Liam y el libro de la luna. Era el centímetro que su propia mano había avanzado sobre el reposabrazos antes de volver a su sitio. Un movimiento mínimo. Casi nada. Y, sin embargo, el cuerpo lo llevaba como si hubiera cruzado una distancia mucho mayor.
La visita del martes fue a las cuatro. Liam llegó exacto, con el libro azul en la mano. Después de la visita sin visita del lunes, después de los cinco centímetros, verlo regresar con el libro azul