El embarazo de gemelos, ahora en el cuarto mes, había traído consigo una mezcla de felicidad y una opresiva claustrofobia a Aurora. La Mansión Vieri, a pesar de sus lujos y la seguridad de Demian, se sentía como una jaula de oro cada vez más pequeña. Había aceptado el encierro por amor y por los bebés, pero la mente no negociaba con las paredes.
Una tarde, mientras la luz del sol se filtraba débilmente por las ventanas blindadas del gimnasio privado, Aurora intentó hacer unos ejercicios ligero