El silencio en la casa de campo de Valeria Vieri era un tipo de peso. No era la ausencia de ruido, sino la presencia opresiva de la seguridad y la exclusividad. Esta era la propiedad que la matriarca Vieri había comprado años atrás, un refugio personal, un lugar donde Demian, el patriarca, por respeto a la voluntad de su esposa o por una regla tácita de su propia creación, jamás había puesto un pie. Era la única tierra de nadie que los Vieri poseían. Ahora, ese santuario se había transformado e