Aurora sintió que el fuego en su interior alcanzaba un punto de ebullición. Se atrevió a atacarlo con la verdad que solo ella y Matteo conocían.
—No me odia, Alessandro. Me admira. Me admira porque no me rompí a los nueve años, y me admira porque hoy lo superé delante de la Banca di Milano. Usted está fascinado por mi fuego, y le aterra que ese fuego lo queme.
Esa palabra, admiración, golpeó a Alessandro como un rayo. Por un instante, la máscara de frialdad se rompió. Había una verdad innegable