El aire dentro del Penthouse Vieri se había vuelto denso, cargado de una electricidad volátil que no era de deseo, sino de una furia inminente. Los labios de Alessandro aún ardían con la violencia del beso y sus manos, firmemente apoyadas en la cintura de Aurora, transmitían el temblor que recorría su cuerpo. Ella respiraba con dificultad, el vestido de seda negro se había subido ligeramente por el forcejeo, y la turbulencia emocional la había dejado expuesta y sin aliento. El fuerte y repetido