Después de que Aitana se marchara, Damián fue a un lugar.
La azotea del edificio.
El viento nocturno agitaba violentamente los abrigos negros de los dos hombres, como halcones nocturnos cazando en la oscuridad, con una presencia igualmente imponente.
Damián encendió un cigarro blanco contra el viento, dando una profunda calada. Su rostro anguloso se tensó con el esfuerzo, acentuando sus rasgos.
Tras fumar la mitad, miró a Miguel y habló con dureza:
—Se cancela la colaboración.
—Y el caso de divo