Ese día, por primera vez, Miguel deseó abrazar a una mujer.
No por amor.
Solo quería sostenerla, secar sus lágrimas, besar sus labios temblorosos.
En medio del silencio, Miguel volvió a preguntar:
—¿Por qué quieres divorciarte?
En la puerta, Damián se giró con Aitana y miró fríamente a su antiguo amigo, con voz gélida:
—Miguel, ¿sabes lo que estás haciendo? Si no estás en tus cabales, ve al hospital a que te revisen la cabeza.
Miguel se levantó lentamente:
—Estoy muy lúcido. Siempre lo he estado