Desde su rincón, Damián se inclinó para apagar la colilla del cigarro.
Su perfil era perfecto y sus dedos largos y elegantes; un simple gesto suyo bastaba para cautivar. Se levantó y su figura alta se acercó hacia ellos, posando suavemente una mano sobre el hombro de Aitana:
—Aitana, nos vamos a casa.
Un silencio sepulcral invadió la sala.
Nadie esperaba que Damián fuera tan poco deportivo, ¿no se suponía que no le importaba Aitana?
Además, Miguel era discreto. Decir algunas palabras ambiguas no