Dominic Blackwood
Salí del taller de Chloe sintiendo que el aire se me escapaba de los pulmones, no por falta de oxígeno, sino por el exceso de rabia. Esa mujer me había desarmado sin disparar una sola bala. El silencio. Sus auriculares. Esa maldita forma de ignorarme como si yo fuera una mancha de humedad en su pared. Me subí al coche y arranqué con tal violencia que los neumáticos chirriaron contra el asfalto de Shoreditch, dejando atrás el único lugar en Londres donde no soy el dueño de las