Dominic Blackwood
La mansión se había convertido en un laberinto de ecos y culpas. El silencio que dejaba Mia al marcharse cada noche con ese imbécil de Julian era más ruidoso que cualquier explosión. Me encontraba en mi despacho, con la única luz de una lámpara de escritorio y una botella de whisky que empezaba a verse demasiado tentadora.
Estaba perdiendo el control. Yo, el hombre que movía los hilos de la ciudad, no podía evitar que mi propia hermana se desintegrara frente a mis ojos. Sentía